Artritis reumatoide

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La artritis reumatoide es una enfermedad crónica y degenerativa que se caracteriza por provocar la inflamación de la membrana sinovial (membrana que alimenta, protege y cubre los cartílagos) de las articulaciones y en los tejidos circundantes. En algunas ocasiones la artritis puede tener un comportamiento extraarticular y dañar órganos y sistemas como el corazón, el riñón y el pulmón. Por este motivo es una enfermedad sistémica.

La inflamación de esta membrana es la responsable del dolor, de la hinchazón claramente visible, de la sensación de rigidez que los pacientes pueden sentir por las mañanas y de la pérdida de la movilidad articular.

Afecta con más intensidad a unas articulaciones que a otras, principalmente a las más móviles como las manos y los pies, los codos, los hombros, las caderas, las rodillas y los tobillos. Hay algunas que nunca se ven afectadas.

Si la inflamación permanece de forma mantenida y no se controla puede acabar dañando los huesos, los ligamentos y los tendones que hay alrededor de la articulación. Esto puede provocar una deformidad progresiva de las articulaciones y la pérdida de la capacidad para realizar movimientos y tareas cotidianas. Todo esto repercute en la calidad de vida de los pacientes.

Las superficies articulares de los huesos en las articulaciones sinoviales están recubiertas por cartílago articular, y están separadas por una cavidad articular que contiene líquido sinovial. La artritis afecta típicamente a este tipo de articulaciones.

La articulación sinovial consta de las siguientes partes:

  • Cavidad sinovial y líquido sinovial: la cavidad sinovial es un espacio pequeño donde se encuentra el líquido sinovial que, al ser viscoso, resulta idóneo para amortiguar y reducir la fricción entre el cartílago de los extremos de los huesos.
  • Cartílago articular: el cartílago articular es una capa delgada de tejido que recubre las superficies de los huesos que están enfrentados. Es un amortiguador esponjoso, que absorbe la compresión de la articulación y ayuda a reducir la fricción entre los extremos de los huesos.
  • Cápsula articular: la cápsula articular engloba toda la articulación sinovial; está compuesta de dos capas, una externa fibrosa y resistente, que evita la separación de los huesos, y otra interna, o membrana sinovial, que recubre las superficies internas de la articulación. Esta membrana sinovial es la encargada de secretar líquido sinovial, que proporciona lubricación y absorbe los golpes que se proyectan al interior de la articulación.

Causas

La causa de la aparición de esta enfermedad es desconocida. Se han estudiado agentes infecciosos como las bacterias o los virus y, aunque se han encontrado datos sugerentes en algunos casos, aún no hay evidencias que confirmen su implicación.

Los especialistas creen que puede tener un origen genético puesto que el propio sistema inmune ataca a las articulaciones porque no las reconoce como propias y por ello se inflaman. Lo que se conoce como enfermedad autoinmune. Asimismo, se cree que ciertas proteínas que se transmiten de forma hereditaria podrían predisponer a la enfermedad.

Las diferencias en la frecuencia de la enfermedad hacen que los especialistas también sugieran que existen factores medioambientales que intervienen en la aparición de la enfermedad.

Síntomas

La enfermedad comienza de forma lenta e insidiosa con manifestaciones generales que presentan otras enfermedades, como la fiebre o la astenia.

Sin embargo, el síntoma principal de esta enfermedad es la afectación de las articulaciones diartrodiales. Inicialmente se produce una inflamación que resulta apreciable a simple vista y causa dolor en el individuo que la padece. Junto con la inflamación, pueden aparecer otras manifestaciones como son el aumento de volumen, rigidez tras el descanso nocturno que va desapareciendo progresivamente a medida que el paciente ejerce su actividad diaria, debilidad muscular y limitación de la movilidad.

Asimismo, pueden aparecer abultamientos duros (nódulos reumatoides) en las zonas de roce de la piel como los codos, el dorso de los dedos de las manos y de los pies, que también pueden localizarse en el interior del organismo.

Si la enfermedad está en un estadio avanzado, el paciente puede tener alguna deformidad debido al deterioro progresivo de las articulaciones afectadas. Además, puede evolucionar y afectar a órganos vitales como el riñón o el pulmón.

A menudo causa sequedad de la piel y las mucosas. Esto ocasiona una inflamación y posterior atrofia de las glándulas que generan las lágrimas, la saliva, los jugos digestivos o el flujo vaginal (síndrome de Sjögren).

También puede producir algo de fiebre y, en ocasiones, inflamación de los vasos sanguíneos (vasculitis), que provoca lesiones de los nervios o llagas en las piernas (úlceras). Otros síntomas son la inflamación de las membranas que recubren los pulmones (pleuritis) o de la envoltura del corazón (pericarditis), o bien la inflamación y las cicatrices de los pulmones pueden producir dolor torácico, dificultad para respirar y una función cardíaca anormal.

“A largo plazo, las consecuencias de la enfermedad dejada a su evolución son la limitación e incapacidad para la realización, inicialmente, de las actividades laborales y, posteriormente, de la vida diaria del sujeto que la padece.

Diagnóstico

Aunque no existen pruebas específicas, el diagnóstico de esta patología es relativamente sencillo si el paciente acude al reumatólogo ante la sospecha de tener algunos de los síntomas ya descritos.

Si la enfermedad está en una fase inicial, el diagnóstico puede ser más complicado ya que todos los síntomas puede que no aparezcan en las pruebas del laboratorio, ya que la valoración de la enfermedad es fundamentalmente clínica. “Se hace en presencia de una serie de signos y síntomas en las articulaciones en forma de poliartritis (artritis de múltiples articulaciones) de naturaleza simétrica), curso crónico (más de 6 semanas) y con afectación prácticamente constante de articulaciones de manos”, especifican desde la Sociedad Española de Reumatología.

El problema a la hora de diagnosticarlo es que existen otras enfermedades reumáticas, como el lupus o la artritis psoriásica que en las fases iniciales pueden confundirse con la artritis reumatoide.

Durante la evaluación el reumatólogo puede realizar una serie de exploraciones complementarias para facilitar el diagnóstico:

  • Análisis de sangre.
  • Pruebas del factor reumatoide.
  • Prueba para detectar anticuerpos frente a péptidos citrulinados. Estos anticuerpos están presentes en las dos terceras partes de los pacientes con esta patología.
  • Radiografías para detectar la presencia de erosiones.

Examen físico

 Se lleva a cabo un examen físico donde la exploración general suele ser normal.

Manifestaciones articulares:

  • Sinovitis y dolor a la movilización pasiva en pequeñas y grandes articulaciones, con patrón simétrico y acumulativo. Las articulaciones interfalángicas distales no suelen afectarse.

Manifestaciones extra-articulares:

  • Nódulos subcutáneos sobre prominencias óseas en las superficies extensoras.
  • Vasculitis reumatoide: úlceras necróticas, púrpura palpable, polineuropatía, mononeuritis múltiple.
  • Pulmón: pleuritis. Neumonitis intersticial. Bronquiolitis obliterante. Síndrome de Caplan (nódulos pulmonares reumatoideos y  silicosis).
  • Síndrome de Felty: leucopenia y esplenomegalia en el seno de la artritis reumatoide.
  • Ojos: episcleritis. Escleritis.
  • Síndrome de Sjögren secundario.
  • Corazón: pericarditis.
  • Bazo: esplenomegalia ocasionalmente.

Diagnóstico por la imagen

En las fases iniciales de la enfermedad la imagen radiológica de la articulación puede ser normal, o con un pequeño aumento de las partes blandas periarticulares, debido al edema de los tejidos circundantes. Los hallazgos radiológicos más precoces aparecen en las articulaciones metacarpofalángicas de las manos y metatarsofalángicas de los pies.

Con el tiempo, la radiología convencional pone de manifiesto osteoporosis yuxtaarticular (al lado de la articulación), es decir, una desmineralización secundaria al proceso inflamatorio, erosiones subcondrales, y estrechamiento del espacio articular, que se va produciendo de forma gradual a medida que el cartílago es destruido.

Generalmente no son necesarias otras técnicas; en caso de subluxación atloaxoidea, la TC o la RM; la gammagrafía de glándulas salivares en caso de síndrome de Sjögren y la gammagrafía ósea, que sirve para localizar las articulaciones inflamadas.

Criterios diagnósticos

La ARA (American Rheumatism Association) estableció una serie de criterios, con el fin de definir y clasificar a los pacientes con AR, que constituyen una guía útil para establecer el diagnóstico y son los siguientes:

  • Rigidez matutina de al menos una hora de duración.
  • Artritis de tres o mas áreas articulares.
  • Artritis de las articulaciones de las manos.
  • Artritis simétrica.
  • Nódulos reumatoides subcutáneos.
  • Factor reumatoide sérico.
  • Alteraciones típicas de la artritis reumatoide en las radiografías.

En general, se afirma que un enfermo tiene artritis reumatoide si presenta al menos cuatro de los siete criterios.

Tratamientos

La artritis reumatoide es una enfermedad crónica que en la actualidad no tiene ningún tratamiento que permita curar la patología. Sin embargo, las terapias farmacológicas y estrategias de tratamiento son muy eficaces y permiten un buen control de la enfermedad.

El tratamiento de la artritis reumatoide engloba dos tipos de fármacos: los que se utilizan para aliviar el dolor(antiinflamatorios y corticoides), y los que sirven para modificar la enfermedad a largo plazo. Estos últimos pueden ser efectivos semanas e incluso meses después del tratamiento. No son eficaces en el cien por cien de los pacientes, según la Sociedad Española de Reumatología, por lo que habitualmente el médico prescribe varios de forma secuencial hasta encontrar aquel que sea más eficaz y mejor tolerado por el paciente.

El pilar fundamente de la terapia son los fármacos antirreumáticos modificadores de la enfermedad (Fames). Entre ellos, el más utilizado es el metotrexato. Otros medicamentos serían la sulfasalazina, la leflunomida o las sales de oro (hoy en día en desuso).

Según la SER, la prescripción precoz de estos tratamientos es fundamental para reducir al máximo la inflamación articular y la progresión de la enfermedad.

En los casos en los que los Fames no funcionan de forma adecuada los especialistas tratan la patología con terapias biológicas. Estos son medicamentos diseñados con fórmulas complejas que incluyen los antagonistas del TNF (etanercept, adalimumab e infliximab), abatacept y rituximab. Estos fármacos han demostrado ser muy eficaces para mejorar el dolor y la inflamación y para evitar la destrucción articular.

Tanto las terapias biológicas como los Fames pueden tener efectos secundarios, pero en general son bastante seguros y los pacientes los toleran bien.

Si la enfermedad está muy avanzada, el paciente puede necesitar cirugía.

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Fuente: dmedicina.com / webconsultas.com

 

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